Rodrigo Fica: Entrevista a Damien Gildea
La Revista del Domingo
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Damien Gildea en el campamento base del VinsonEl Hombre de
Las Nieves
Texto y Fotografías: Rodrigo Fica
Febrero 2003
Damien Gildea es un montañista australiano de inusual estatura que ha hecho de Antártica su verdadera pasión. Ya sea por sus expediciones, o bien por su afán de recopilar antecedentes, ha dado la vuelta al mundo seis veces, más una caminata al Polo Sur y la publicación de un libro que no ha pasado desapercibido. Todo un mérito considerando que sólo tiene 33 años. Ahora lo encontramos de paso por Punta Arenas tras llegar de su cuarta expedición a Antártica, la cual, dicho sea de paso, resolvió un pequeño misterio.
Damien Gildea se ha transformado en uno de los más activos conocedores de la Antártica deportiva, aquella que habla de travesías y escaladas. Una experiencia que refrendó en un libro de edición limitada que se convirtió muy pronto en un material de consulta obligado y que lo hizo conocido en el círculo de los exploradores polares.
Pero también ha escalado en otras partes. Como por ejemplo, Nueva Zelandia, EE.UU., el Karakoram, Alaska, China, la Cordillera Real en Bolivia, Nepal, los Alpes o las montañas Atlas en Marruecos. Ahora precisamente conversamos con él en medio de un caos de bultos, carpas y cuerdas, porque ya prepara sus maletas para irse a Canadá y, de ahí, al Himalaya por quinta vez.
Damien, antes que nada, y disculpa la pregunta, pero ¿cuánto mides?
Un metro y 99 centímetros.
No pareces escalador. Más bien un jugador de basquetball.
Todos me dicen lo mismo, pero en Australia no es un deporte muy popular. Al menos no cuando estuve en el colegio... Y además nunca me gustó.
Los montañistas tienden a ser personas más bien compactas.
Sí. Es verdad. Los altos consumen más energía y también tienen, comparativamente hablando, una circulación mediocre, lo que eventualmente puede terminar en congelamientos. Pero no es mi caso, porque nunca he tenido problemas... Bueno, excepto una vez que se me congeló la punta de la nariz. Lo que sí, siempre me cuesta encontrar una carpa adecuada, o zapatos de mi tamaño, porque mi pie tiene 30 centímetros de largo.
¿Cuándo fue la primera vez que fuiste a Antártica?
En el año 2000. De una manera bastante inusual debo agregar, porque, como dicen acá, ni me moví de mi escritorio. Estaba en mi casa cuando recibí una llamada del principal operador turístico en Antártica, Adventure Network International, quienes me ofrecían el puesto de Guía Asistente para una travesía con dos clientes al Polo Sur, algo que sólo había sido hecho antes una docena de veces. Puedes comprender que no me demoré ni dos minutos en arreglar las maletas.
En el grupo había un no-vidente.
Sí. Miles Hilton-Barber, un inglés de 52 años que no tenía mucha experiencia pero que trabajaba con la Royal National Institute For The Blind, una Institución que siempre se ha preocupado por la inserción de los no videntes en la Sociedad.
Cuesta entender como un no vidente puede sobrellevar tamaño sufrimiento.
No es algo fácil de conceptualizar, porque parte importante de la experiencia es observar el entorno y sentirse integrado a él en múltiples formas. Dicho de otra manera, en ocasiones, la única recompensa para paliar el dolor es observar el paisaje y, esto, por supuesto, les es negado.
¿Cómo caminaban?
Uno al lado del otro, con Miles en el medio, quien no tenía ningún problema en seguir el ruido del trineo de las personas que lo rodeaban.
¿Qué pasó con la expedición?
Infortunadamente Miles tuvo muchos problemas con el frío y, para prevenir cualquier congelamiento de sus dedos, un avión lo evacuó cuando llevábamos 400 kilómetros y 25 días. Una pena. Si hubiera llegado al Polo Sur hubiese sido el primer no vidente en hacerlo.
Ustedes siguieron.
Sí. Avanzando en promedio 23 kilómetros diarios hasta que recorrimos los 1.130 que habían desde Hercules Inlet hasta el Polo Sur. 61 días en total.
La típica pregunta... ¿qué sentiste cuando llegaste?
Alivio. Sólo alivio. De no volver a tener que caminar más. De no tener que continuar con tamaño martirio. Con 15 kilos menos y sobresaturado de la experiencia. Más tarde, mucho más tarde, vino la alegría. Pero todo en su justa perspectiva, porque hoy por hoy, ir al Polo Sur es algo que puede considerarse “rutinario”. Se hace dos o tres veces por año. Pero aún así, fui el australiano más joven en hacerlo y, definitivamente estuve entre los 100 hombres que lo han hecho hasta la fecha.
Hubo más viajes a Antártica.
En Marzo del 2001 estuve en la Península, en una pequeña expedición de dos semanas, escalando 5 o 6 cumbres. Fue bonito, porque tuvimos que llegar por mar. Partimos de Ushuahia en una nave rusa, la Grigoriy Mikeheev, y atravesamos el Mar de Drake en dos días sin ningún problema. Pero al regreso... ni te cuento. Tuve que permanecer en mi cuarto todo el tiempo. Luego de eso, vino el Proyecto del Monte Shinn.
Háblame un poco de esto.
A fines de la década del 70, un equipo de la United States Geological Survey hizo una revisión de las altitudes de las montañas más grandes de Antártica, trabajo serio y que se consideró definitivo. El resultado arrojó que el Monte Vinson, el más alto, tenía 4.897 metros sobre el nivel del mar, y el Tyree, el segundo, 4.852. Pero, por razones que desconozco, el Monte Shinn no fue medido, lo que gatilló la duda acerca de cuál era en realidad la tercera cumbre más alta del continente. Esta polémica duro años y, de puro curioso, me surgió la idea de resolver este punto.
¿Cómo pensabas hacerlo?
El proyecto que tenía en mente era escalar la montaña, colocar en su cumbre un GPS de alta precisión y enviar la información a la página web de la Geoscience Australia, quienes rápidamente la procesarían y nos entregarían el resultado. Todo esta comunicación hecha mediante teléfono satelital, proceso que teóricamente era posible pero que nunca había sido probado antes.
¿Y?
Bueno. Obtuve el financiamiento de la Fundación Omega y me vine el 2001, pero en esa ocasión fallamos porque hubo peligro de avalanchas cerca de la cumbre. Tuvimos que volver a fines del 2002. Viajamos en avión hasta el campamento base, luego caminamos varios días recorriendo los campamentos inferiores y, en la medianoche del 30 de noviembre, llegamos a la cumbre. Estaba precioso. Despejado. Pero hacía frío.
Prendimos el GPS y nos metimos dentro de una carpa de emergencia a esperar que terminara, evadiendo el viento y los –30 grados bajo cero.
¿Resultó?
Afortunadamente todo salió bien. Cinco días después supimos que la altura oficial era de 4.661 mts, con un error de medio metro. Con esto, se estableció que el Monte Shinn era efectivamente la tercera montaña más alta de la Antártica.
Cuéntame acerca de tu libro, “The Antarctic Mountaineering Cronology”.
Prácticamente todo lo que sé de Antártica lo estudié en la "Antarctics and Southern Ocean Studies", en la Universidad de Tasmania, una época que coincidió con mi desarrollo como montañista. A medida que me involucraba más en el cuento, me di cuenta que no existía una recopilación de los ascensos que se habían realizado en la Antártica. Esto me pareció grave porque las escaladas y travesías formaban parte de su historia y se corría el riesgo de perderla irreversiblemente. Me lo cuestioné tanto que, al final, tomé la decisión de hacerlo yo mismo. Eso fue en 1996, cuando estaba en el campamento base de una montaña llamada Bubliomoting, en Pakistán.
Tuviste que investigar bastante.
Seguro. Y viajar por casi todo el mundo. Partí por el Scott Polar Institute en Cambridge, el cuál es, en mi opinión, el más importante centro de investigación polar en el mundo. También estuve en la Antarctic New Zeland Library y en la British Antarctics Survey. Todo lo anterior complementado por supuesto con literatura. Así, en 1998, y después de 15 meses de trabajo, obtuve un documento final. Nada muy elaborado. Tan sólo una referencia que indicaba quién, cómo y cuándo.
Damien Gildea en la cumbre del monte Shinn¿Cómo te fue?
Mejor de lo que esperaba. Recibí buenos comentarios y muy pocas correcciones. Para darlo a conocer, eso sí, tuve que esforzarme. Por ejemplo, fui a Banff, en Canadá, ese poblado famoso por su festival de cine de montaña, y, pese a que no era parte del tour oficial, me las ingenié para contactar gente y promocionar el libro. Después estuve en Inglaterra, Holanda y otras partes.
Lo escribiste antes de visitar Antártica.
Eso fue lo más divertido de todo. Casi irreverente.
Ya estés pensando en el siguiente libro.
Si, como una obvia conclusión de la primera edición. Contendrá las correcciones que he recibido, más la necesaria actualización de lo que ha ocurrido en los últimos cuatro o cinco años. También quiero incluir entrevistas, descripciones y más fotografías.
¿Cuál es el lugar más bonito en Antártica?
La Península. Sin lugar a dudas. Porque es sumamente escénica. En un breve espacio interactúan el mar, los glaciares, las montañas y la vida animal. Y hay noche, es decir, hay puestas de sol. Adentro, al interior del continente, todo es blanco, no hay nada y siempre es de día.
¿Cómo ves a Chile en todo esto?
La gente no se da cuenta de la posición privilegiada que tiene Chile. Junto con Argentina son la compuerta lógica a Antártica dada su cercanía, lo que les da una ventaja comparativa enorme con respecto a otras opciones.
Por eso, en Punta Arenas cada año se ven más y más expediciones. Y no es difícil de prever que esto se incrementará con los años, así que es mejor que se vayan preparando, porque su futuro está íntimamente ligado al continente blanco.
Rodrigo Fica