Rodrigo Fica: Los Miserables
La Revista del Domingo
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Patricia Soto en el quinto largo de los MiserablesLos Miserables
Texto y Fotografías: Rodrigo Fica
Febrero 2008


Al final del Cajón del Maipo, donde se localiza Baños Morales, un grupo de montañistas nacionales se abocó a crear una ruta de escalada deportiva que resultaría ser tan grande como apilar tres torres Entel. Un atractivo que, en caso de tener los conocimientos y la experiencia, puede ser usado por cualquier persona. Y gratis.


- Nos robaron.
Así de lacónico fue el comentario de Francisco. Que podría haber pasado por broma si no hubiese sido porque, mientras lo decía, no paraba de revolver a mano desnuda la nieve recién caída; buscando por nuestras mochilas en medio de la oscuridad.
No se me ocurrió qué contestarle y, dejando que la nevazón terminara por mojarme, me senté cansado sobre unas piedras. Parecía mentira. Lo que se suponía iba a ser algo tan sencillo, había terminado por convertirse en una pesadilla sin fin.
- No dejaron nada... ¡los muy miserables!- gritó Francisco.
Bueno, la verdad... esas no fueron exactamente sus palabras.
Esas Olvidadas Montañas
Para entender esta historia, hay que remontarse a seis meses antes, a marzo del 2006, cuando me nació la motivación por abrir una nueva zona de rutas de escalada deportiva.
Una cómo la que existe en la cuesta Las Chilcas, en el kilómetro 80 de la ruta 5-Norte. Si pasan por ahí, especialmente en un fin de semana, verán a gente escalando en las grandes piedras que allí existen, actividad que podrá parecer una tontera, pero que es entretenida y de un crecimiento explosivo entre la juventud.
Me pareció adecuado hacerlo en Baños Morales. Un villorrio localizado al final del Cajón del Maipo que en estos últimos años ha resultado ser un excelente centro logístico para quienes practican deportes aventura. De infraestructura y ritmo nada pretenciosos, al estar enclavado en las montañas y en el medio de una red básica de caminos, permite la práctica del montañismo, por cierto, pero también bicicleta, senderismo, escalada y, en invierno, esquí de travesía.
Con eso en mente agarré el jeep un caluroso sábado de febrero y tomé el camino a San José de Maipo hasta que llegue, al frente de Baños Morales, a la olvidada "Placa Verde".
Los viejos montañistas la acostumbraban subir por uno de sus flancos en la década del 40. Pero las cumbres también pasan por modas y, así como algunas se popularizan, otras caen en desuso. Como ésta, que ahora llevaba décadas sin que nadie la tomara en serio dado que aparentaba ser nada más que un paredón amorfo, feo y sin gracia.
Pero, tras bajarme del auto y caminar 10 minutos hasta sus pies, descubrí que era bien vertical. Mientras sacaba la empanada de mucha cebolla y poca carne que había comprado, y miraba por dónde darle el primer mordisco, me dije que era perfecta.
La Placa VerdeEsos Buenos Amigos
La escalada deportiva tiene varias expresiones, pero el denominador común es que los seguros de protección, aquellos que permiten no caerse al suelo, están fijos en la roca.
Tal característica tiene varias consecuencias. Una de ellas es que cuando se dice "abrir una ruta" significa que se deben barrenar a la roca estos seguros (que son normalmente pernos de expansión), en un trabajo de albañilería que se hace colgando de cuerdas, usando martillos y taladros.
La gracia del asunto es que, una vez terminada esta labor de construcción, y dado que la instalación permanece en el tiempo, cualquier persona que sepa escalar podrá hacer uso de ella. Una genial colaboración comunitaria que permite que la escalada deportiva se desarrolle por sí sola, sobre la base de pequeños esfuerzos independientes que se van acumulando en el tiempo.
Yo no tenía la experiencia suficiente para hacerlo solo, así es que, con promesas de sol y playa, comprometí en el proyecto a mis amigos Francisco Rojas, Darío Arancibia y Patricia Soto. Total, les decía, a lo más serán dos fines de semana y listo, habríamos inscrito nuestros nombres para "la posteridad".
Partimos el mismo día que el otoño nacía y el primer problema que tuvimos fue cómo acceder a la cumbre, pues la información de cómo llegar a ella se había perdido con el tiempo. A pura intuición, subimos por los mismos peligrosos acarreos que habían botado aquella avalancha que mató, el 7 de julio de 1953, a 21 alumnos y 2 profesores del liceo Don Bosco. Tras 5 horas de prueba y error dimos con algo que parecía ser la cima y dejamos allí los 100 kilos de materiales y herramientas que íbamos a usar.
Al día siguiente volvimos con la idea de descolgarnos por toda la pared para comenzar a instalar los seguros. Según los cálculos que habíamos hecho desde abajo, la pared debía medir unos 200 metros y, dado que nuestras cuerdas eran de 50, bastaba rapelear 4 veces. Por eso fue que comenzamos a bajar por las cuerdas sólo con el mínimo de equipo. Sin embargo, en el cuarto rapel, el suelo parecía estar igual de lejos que antes, avisándonos que habíamos cometido un severo error de cálculo y que la pared era mucho más grande de lo que pensábamos. No podíamos devolvernos y tampoco había escape hacia los costados. Lo único posible era continuar bajando rogando para que no se nos agotara el equipo.
En el rapel número 7, las frías matemáticas nos dijeron que estábamos fritos. ¿Quedarse ahí y gritar pidiendo auxilio? ¿Uno que en Baños Morales sería asociado a nuestros nombres hasta el fin de los tiempos? No precisamente la forma de pasar a la posteridad que imaginábamos. Plan B: empezamos a usar anclajes cada vez más marginales, el último de ellos con nosotros colgando en el aire de un sólo seguro y usando las orejas como sopapos a la roca.
Como sería la ténica de ahí en adelante, llegamos al suelo de noche y cansados. Mientras nos sacábamos el arnés, calculamos que habíamos bajado 400 metros.
O sea, por mucho, la ruta de escalada deportiva más larga de Chile.
Asegurado por Francisco, Darío intenta calentar sus manos mientras escala el primer largoEse Frío Invierno Andino
Puede que a ustedes 400 metros no les parezca gran cosa, pero ¿y si comento que eso significan tres torres Entel una puesta sobre la otra? (la cual, dato freak, mide oficialmente 127,35 metros).
Ya se pueden imaginar el resto de la historia: equipar la Placa Verde se reveló una tarea épica. Trabajamos esos cuatro días, luego ocho y desde ahí sencillamente paramos de contar. Se nos acabó el dinero, la motivación y llego el invierno. También en una de esas jornadas, imposible olvidarlo, Francisco se perdió y quedó bloqueado dos horas por un tapón de tierra vertical, demora que nos hizo pensar que se había muerto...
Dormíamos siempre en Baños Morales, con tertulias nocturnas dedicadas a discutir qué nombre le daríamos a nuestra ruta. Probamos con "Verde y Mortal" o "La Gallina No", pero no hubo caso. Lo dejamos pendiente.
Gracias al cielo no hay farándula que dure y, el 1 de agosto, Patty colocó el último seguro planificado, el número 150, luego de lo cual sólo faltaba escalarla de principio a fin en un sólo envión, un hito que avisaba oficialmente que a partir de ese momento la ruta estaba terminada y que cualquier escalador podía ir a probarla.
Fuimos una semana después, un día heladísimo, pleno invierno andino. Dejamos las cosas que no necesitábamos semi-escondidas al pie de la ruta y partimos escalando en dos cordadas. No nos fue muy bien y la noche nos pilló en el largo 9, cuando faltaban apenas 50 metros para llegar a la cumbre. Desilusionados, comenzamos a devolvernos justo en los instantes en que se desencadenó la tormenta.
En ella rapeleamos por horas. Sin luz y mojados por una nieve que no paraba de acumularse sobre las poleras (puesto que, error, la ropa de abrigo había quedado abajo). Al suelo llegamos a las diez de la noche, fatigados pero sabiendo que el sufrimiento acababa porque en nuestras mochilas estaba lo necesario para paliar el frío y el hambre.
Que fue cuando descubrimos que unos "turistas" nos habían robado las cosas.
Los rapeles se suceden mientras la tormenta arreciaEsos Eternos Recuerdos
¿Qué nos quitaron? Bueno, parkas, sacos de dormir, comida, dinero, documentos y también las llaves del auto, así es que, por si no fuera poco, tuvimos que irnos a pie.
Las horas siguientes fueron frenéticas. Solicitamos asistencia, nos subimos a un camión y corrimos por Santiago haciendo trámites, historias que no son del caso ampliar ahora pero que dejaron sus cicatrices.
El asunto es que nos tomó dos semanas recuperarnos. Regresamos con sangre en el ojo el 20 de agosto, esta vez en 2 autos, sin dejar nada abajo y hasta la lengua abrigada (pero, claro, típico, ese día hizo calor). Fuimos encadenando largo tras largo de cuerda y a las 6 de la tarde nos reunimos en la cumbre de la Placa Verde, el mismo sitio donde 6 meses atrás habíamos vislumbrado algo.
Nos abrazamos y cantamos y a la luz del sol tardío espantamos a todos esos malos espíritus que nos habían rodeado por medio año. Un momento memorable, de esos que nunca se olvidan y que dejan los recuerdos impregnados de alegría por siempre.
¿Y el nombre de la ruta?
Por supuesto. Los Miserables. En honor a todos esos seres despreciables que nos despojan de aquello que tanto necesitamos para vivir.
Rodrigo Fica